Idolatría pejista en la Huasteca potosina

Nada nuevo dijo AMLO a sus seguidores de ciudad Valles, pero colmaron la calle Hidalgo

Miguel Barragán

[Huasteca Hoy]

Cuando Andrés Manuel López Obrador bajó del templete desde donde se dirigió a vallenses y visitantes de otros municipios, un ejército de colaboradores de su partido, Morena, le hizo valla para que caminara a su Suburban del año y, en el trayecto, una turba desquiciada se abalanzó contra los que resistían para que no se le fueran encima al candidato de la coalición Juntos Haremos Historia.

Una mujer de menos de cuarenta años le preguntó a su hija adolescente: “¿Lo tocaste, lo tocaste?” y cuando la niña dijo que sí, salieron del remolino de gente y enfilaron por la Hidalgo, hacia el bulevar.

El político tabasqueño era el mismo de siempre. Quizá su sonsonete tenía un acento más de oferta de ideas que antes, cuando el discurso era más duro, menos conciliatorio, pero en sí, la perorata era la misma, pero eso no le importó a poco más de 15 mil personas que colmaron la Hidalgo como nunca se había hecho.

Un hombre de mediana edad, con barba de candado y pelo perfectamente peinado que portaba una playera con la caricatura del peje cargaba a su niño de ocho o nueve años, dormido sobre su hombro y cada que AMLO arengaba con acabar con la corrupción, el hombre gritaba “¡eso, chinga’o!”. El hombre había viajado con su familia desde San Luis Potosí, capital, a ver a López Obrador y no le importó estar parado cuatro horas, desde que llegaron a ese lugar y durante el discurso.

Las redes sociales se convirtieron en una arena de pelea en la que los seguidores de AMLO se enorgullecían de las tomas multitudinarias que ellos mismos tomaron o de las fotografías de los medios de comunicación y de los “haters” de AMLO que renegaban de la ignorancia de los idólatras y que culpaban de “acarreo” a Morena.

No había enunciado que no le festejaran al tabasqueño que, en esencia, dijo lo mismo de siempre, pero la algarabía iba “in crescendo”, hasta que el discurso cansó un poco a la asistencia que sólo bajó la intensidad del relajo, hasta que el Himno Nacional fue cantado a grito pelón, como nunca nadie de los asistentes lo entonó en su edad párvula.

Pero el colmo fue en la partida. Como en una escena de una película de zombis que ansían comer la carne de los vivos que viajan en un vehículo, así se abalanzaron sobre la Suburban de AMLO.

Una mujer le preguntó a su hija que si había alcanzado a tocar con sus propias manos a López Obrador y después que la niña asintió, se fueron, satisfechas de haber tocado a ese nuevo animal sagrado en el que miles de mexicanos cifran todas sus esperanzas.